Por Marisol Cuadrado

Muchos desde distintos lugares del mundo en este momento consideran como ejemplo de liderazgo a nuestro Papa Francisco, a muchos nos emociona por distintas razones: a algunos por ser latino, argentino, por San Lorenzo, a otros por su capacidad de darse en pos de la justicia, por ser jesuita y para los laicos ignacianos por tener un espíritu común, un estilo de vida similar en el deseo de transformar la sociedad.
Desde la antigüedad, al liderazgo se lo ha entendido como ejercicio del poder, como esa capacidad de forzar, coaccionar u obligar a alguien para que éste, aunque no quiera, haga la voluntad de un tercero. Harry Truman decía que lidera es “el arte de persuadir a la gente para que haga lo que ya debería haber hecho”.


Miradas humanistas, con centralidad en la persona, la economía de comunión, la espiritualidad ignaciana entre otras, sostienen que se vincula con la dimensión humana en la experiencia del “ser persona” y la oportunidad de transformar en todo momento.

Quizás si reflexionamos sobre esto podemos entender la realidad actual, la poca visibilidad de los líderes, en parte por la valorización de las personas por lo que tienen y no por lo que son.
Las circunstancias le dan a unos pocos la oportunidad de vivir momentos determinantes que cambien el mundo; la gran mayoría de las personas no tienen esas oportunidades. Sin embargo, el liderazgo considera no sólo la magnitud de la oportunidad sino también la calidad de la respuesta. Las personas no podemos controlar todas las circunstancias pero sí la manera como respondemos ante ellas. El líder formal es “quien está encargado”: conduce una organización, un gobierno, o entrena un equipo. El liderazgo produce resultados directos, la conducta más activa de un líder produce resultados inmediatos; y “momentos determinantes”: la batalla decisiva, el campeonato deportivo, la nueva estrategia del negocio.
Maquiavelo aconsejaba a los líderes que “ser temidos es mucho más seguro que ser amados”, consejo que no sorpren­de de un hombre que estaba convencido de que los seres humanos son “ingratos, volubles, mentirosos e impos­tores, cobardes”. Evidentemente mien­tras Maquiavelo veía al ser de esa manera, la mirada con centralidad en la persona, ve en cada uno un ser excepcional, digno, sagrado, único, esta mirada permite que se genere trabajo en equipo, personas que se cuidan, estiman, confían y apoyan. Se identifican y reconocen como equipo, se sienten unidos por lazos de afecto, reciprocidad, lealtad. Cultivan los valores tales como confianza, gratuidad, comunión, fraternidad entre otros.
Las compañías típicas tienen relativamente pocos líderes y todos en posiciones de autoridad e influencia. Los jesuitas crearon una compañía en la cual todos eran líderes. En la compañía típica todos tienen la mirada en sus pocos líderes; los jesuitas cada uno se mira en el espejo, para descubrir su esencia y el reflejo de sí. Entendían que todo momento es una opor­tunidad de producir un impacto, de hacer una vida de liderazgo y el más inspi­rado y motivado tiene que ser auto iniciado y auto dirigido.

Otro interrogante que surge es ¿si el líder nace o se hace? Todas las personas somos líderes y todo el tiempo estamos liderando, a veces de manera inmediata, dramática y obvia, a menudo de una manera sutil, difícil de medir, no por ello menos real. Los líderes aprovechan todas las oportunidades que se les presenta para influir y producir  impacto. En definitiva todos tenemos la posibilidad de  influen­cia, buena o mala, grande o pequeña. Si nos preguntamos ¿Cómo llegan los individuos a ser líderes hoy? Chirs Lowney dice: conociéndose a sí mismos, innovando para adaptarse a un mundo cambiante, amando a los demás, apuntando muy alto y lejos. Además considera que los líderes:

  • Están siempre enseñando y aprendiendo,
  • Honran la verdad,
  • Se dedican a la excelencia, (entendida como dar lo mejor de sí mismos)
  • Permanecen abiertos a las ideas nuevas aun en la vejez,
  • Forman personas con valores (“brillantes y eminentes”),
  • Son innovadores y resuelven los problemas de manera que sus antecesores no imaginaron jamás,

Influyen en los demás con sus ideas, enseñanzas y con su ejemplo: El liderazgo consiste no sólo en hacer una tarea sino en saber hacerla, poner entusiasmo en ella, y transmitirla; significa influir, prever, perseverar, infundir energía, innovar y enseñar. En definitiva son coherentes, entre lo que piensan, dicen y hacen, y eso es lo que genera atracción, van encontrando sentido a lo que les acontece en la vida, como dice Rolando Toro abrazan lo que la vida les pone como desafío.
El liderazgo ignaciano forma a las personas de manera tal que logran discernir lo que tienen que hacer. Hacen experiencia, vivencia y reconocen lo que Daniel Goleman llama “inteligencia emocional”, la define como la capacidad de un individuo para:

  • ser consciente y capaz por sí mismo, de reconocer y comprender sus propias emociones, humores y motivaciones,
  • ser capaz de controlar sus  impulsos y pensar antes de actuar,
  • comprender las experiencias emocionales de los demás,
  • tener una pasión/motivación que va más allá de las cosas materiales,
  • Generar  las relaciones y trabajar con otros para encontrar un espacio común.

El autoconocimiento nos permite reconocer nuestras fortalezas,  debilidades, luces y sombras, es decir  nuestra humanidad, de cómo  nos relacionamos con nosotros mismos,  con los demás  y con todo lo que nos acontece cotidianamente. Aprendemos a vivir el momento presente, a ser conscientes y a estar atentos a lo que nos sucede en nuestro interior, en nuestras relaciones en el aquí y ahora. El conectarnos y registrar  nuestras emociones nos permite  auto-regularnos,  re significar aquello que identificamos que no nos permite crecer y vivir nuestro manantial  y el ser don para los demás. Sólo quienes conocen sus  debilida­des pueden enfrentarse a ellas e incluso superarlas. Nos permite comprender  quiénes somos,  qué valoramos. Sólo las personas que saben lo que quieren pueden buscarlo enérgicamente. Nadie llega por accidente a ser un gran maestro,  padre, violinista o ejecutivo de una corporación. Sin duda, que muchos de nuestros valores, los  que nos  guían  en la vida nos los transmitieron desde temprana edad y por lo general no son negociables.

Los líderes tienen grandes deseos y motivan a los demás a despertarlos y vivirlos, imaginan su futuro inspirador y se esfuerzan por darle forma, en vez de permanecer pasivos a la espera de lo que les traiga el futuro y el entorno. La motivación está en el interior de cada uno. Visuali­zan objetivos heroicos, y ponen todos los medios para vivirlo, así alcanzan comportamien­tos sobresalientes de individuos y equipos. Lo mismo ocurre cuando atletas, músicos, etc. se concentran en metas ambiciosas. Siempre tienen presente la consigna apuntar siempre a lo más grande, desear siempre algo más. Hicieran lo que hicieran, se mantenían convencidos de que el rendimiento de la más alta calidad se obtenía cuando los individuos y los equipos apuntaban alto. Aspiran a poner el esfuerzo total del equipo al servicio de algo que era más grande que un objetivo individual a pesar de que el compromiso del equipo depende del indivi­dual. Cada persona del equipo pasa primero por el proceso de dar forma personalmente a las metas del equipo y apropiarse de ellas, de provocar sus propios “grandes deseos” y motivarse a sí mismo para luego darle sentido comunitario.
La mayor fortaleza del líder es su visión personal, la que comunica con el ejemplo de su vida diaria, su coherencia. Tiene capacidad de introspección, fruto de su madura reflexión se suele preguntar: ¿Qué es lo que busco? ¿Qué quiero? ¿Cómo me relaciono en el mundo? ¿Qué siente mi corazón?
El liderazgo es una tarea permanente en la cual el conocimiento de sí mismo va madurando de manera continua. El ambiente externo evolu­ciona y las circunstancias y prioridades personales; todos estos cambios requieren un continuo crecimien­to equilibrado y un desarrollo de nuestro ser líder. Para el líder débil, el proceso de cambio continuo es una amenaza o una carga; una perspectiva más atractiva es llegar a alguna planicie imagina­ria de liderazgo donde se pueda descansar y disfrutar de lo alcanzado. Por el contrario, el líder fuerte acoge la oportunidad de seguir aprendiendo acerca de sí mismo, de sus relaciones, del entorno, del mundo, y se motiva con la perspectiva de nuevos descubrimientos e intereses.
Los líderes son dinámicos, buscan su lugar, se acomodan y facilitan a que los demás puedan encontrar el suyo en un mundo cambiante. Exploran nuevas ideas, métodos y culturas en vez de mantenerse arraigado a lo conocido o lo que pueda esperarles a la vuelta de la esquina. Cultivan la “indiferencia”, el desapego, que les permite adaptarse sin temor, están siempre listos para responder a las opor­tunidades que surgen; se atreven a salir de su zona de confort.
El conocimiento de uno mismo es un medio para vivir la libertad interior, el desapego, despojo de há­bitos arraigados, prejuicios, preferencias culturales y aban­donar la respuesta típica “así es como lo hemos hecho siempre”. El líder se adapta, sabe quién es y qué es y qué no es negociable. Se enfrenta al mundo con una sana estima, tiene confianza en sí mismo que le da seguridad y esto le permite confiar en los demás. Cultiva un reconocimiento de sí mismo, reconoce sus talentos, dignidad y potencial para transformar. Descubre esas mismas cualidades en otras personas y se compromete a honrar y liberar el potencial que percibe en sí mismo y en los demás. Crea ambientes rodeados por la lealtad, el afecto y el apoyo mutuo. Tiene la convicción personal de que por nuestros actos, decisiones y opciones generamos valor.
Las organizaciones, los ejércitos, equipos deportivos y las compañías exitosas en general tienen en común que los miembros se consideran equipo, se respetan los unos a los otros, se estiman y se valoran, se tienen confianza recíproca optan por perder intereses personales para apoyar las metas del equipo y el éxito de sus colegas. Las personas dan lo mejor de sí cuando se las respeta, estima y confía en ellas; sienten que alguien genuinamente se interesa por ellas, por su bienestar; gestos que generan vitalidad, felicidad, plenitud, comunidades de trabajo hasta muchos se sienten como en familia.
Rara vez se desenvuelve la vida según un plan estraté­gico preconcebido; el liderazgo es más bien improvisa­do. Los problemas se presentan, de una manera sorpresiva, no vienen con un manual ni se ajustan a un plan de vida, nos permiten esa posibilidad de descubrir y vivir creatividad, ingenio y sabiduría interior.
Loyola, Peter Drucker, Daniel Goleman, Badaracco y otros han sostenido que el conocimiento de sí mismo es crucial para el éxito del liderazgo. Tal vez sería bueno que revisemos nuestras ideas sobre el liderazgo y cómo ayudamos a los líderes a desarrollarse. En primer lugar, nadie puede hacer que otro se conozca a sí mismo, de modo que los líderes tienen que hacerse ellos mismos. Sólo yo puedo reunir la voluntad, el valor y la honradez para examinarme a mí mismo. Otros —maestros, gerentes, amigos, padres y mentores— promueven, por supuesto, desempeñan un papel similar al que Loyola le da al director en los ejercicios espirituales, que son en la espiritualidad ignaciana un medio para conocerse a sí mismo.
Muchos sicólogos sostienen que el autoconocimiento nunca termina, primero hay que tomar la decisión de emprender este viaje que quizás sea el más largo, es la vida misma que transitamos y vivimos la que nos permite conocernos con el fin de querernos, aceptarnos y como consecuencia vamos a querer, aceptar y ser más bondadosos con los demás.
Los recuerdos que nos traemos de este viaje son nuestra esencia, los valores, las huellas y el perfume con el que generamos nuestras relaciones en cada encuentro y rencuentro; y una perspectiva del mundo, contemplada desde la realidad y no tanto desde nuestra imaginación. Con la certeza que cada encuentro nos regala la oportunidad de actualizar y profundizar nuestro autoconocimiento, y nuestra relación con los demás y con la vida, lo cual nos sumerge en un mundo en permanente cambio. Y los maestros nos dicen que los deseos que no nos podemos olvidar de poner en la maleta de este viaje a la felicidad son:

  • Disposición a apreciarnos y valorarnos por lo que somos;
  • Conocer nuestros talentos, luces, manantial
  • Reconocer nuestras debilidades, sombras personales las que nos impiden vivir nuestro manantial, especialmente las que se repiten en nuestra historia y como decía San Ignacio estar atentos porque esos son nuestros lados débiles….;
  • Aspirar a  metas  motiva­doras,  dar lo mejor y siempre más…con la certeza que es un viaje que realizamos con otros compañeros y en comunidad  nos sostenemos.

“La vida humana puede semejarse a un árbol… surgiendo de una semilla, se hace fuerte y fecunda, nutrida por la savia memorial del amor”…Rolando Toro Araneda


Bibliografía: Chirs Lowney Liderazgo al estilo de los jesuitas-Daniel Goldman Inteligencia emocional-Vera Araujo antropología de la Edc, Gladys Brites el mundo de los afectos-Rolando Toro educación biocentrica-


* Marisol Cuadrado: Especialista en gestión de Organizaciones. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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