Por Belén Aenlle

Publicado por la revista Ciudad Nueva. 

Solemos reconocer que los modelos y decisiones económicas y políticas inciden en el crecimiento o decrecimiento de la pobreza. Sin embargo, con frecuencia, cuando nos relacionamos con personas en situación de pobreza, cuando pensamos o evaluamos determinadas prácticas y/o políticas parece desdibujarse esta consideración y aparece fuertemente asociada a características de esas personas que las hacen “ser pobres”. Así colocamos las causas de la pobreza en los factores subjetivos y culturales de las personas que la viven, poniendo el acento en las causas que la potencian y no en las que la producen. Esto invisibiliza las condiciones materiales que la generan y facilita su proceso de naturalización1. Es decir, no son determinadas características culturales las que hacen que una persona o familia vivan situaciones de pobreza; en todo caso, vivir esas situaciones de pobreza influye en variadas formas culturales.

La pobreza no tiene causas individuales sino estructurales, económicas y políticas. No la podemos pensar tampoco sin pensar la desigualdad. La pobreza es relacional, tenemos que pensarla en relación con la riqueza, con los no pobres, con los que tienen más peso para incidir y configurar el sistema económico y político. La pobreza no es tanto una relación con (la ausencia de) ciertos bienes, como una relación social, económica y política2. 

Tiene también dimensiones culturales. El análisis de estas dimensiones históricamente se centró sólo en “cultura” o en la subjetividad de las personas pobres, pero posteriormente se fue ampliando a los diversos grupos sociales y sus relaciones, así como las políticas y las instituciones que emergen con relación a la pobreza3, teniendo este análisis una gran importancia para “desnaturalizar” la pobreza y la desigualdad4. 

Un aporte importante para poder repensar nuestras imágenes de pobreza es poder reflexionar sobre la igualdad de las personas. La identidad de las personas tiene un elemento común, que nos iguala a todos, y que es el núcleo de nuestros derechos, nuestra común identidad. Por otro lado existe un elemento diferencial, que está dado por nuestras distintas situaciones de vida: de pobreza, creencias, ideología, elecciones sexuales, etcétea. Para nombrar a las personas, con frecuencia se suele convertir en central este componente que las diferencia y no el componente que las iguala. Así hablamos de pobres, discapacitados, etc., negando el elemento común, el ser personas, privando de identidad y deslingándonos de las responsabilidades en cuanto a que los derechos económicos, políticos y sociales de todos sean garantizados. Discriminamos tanto cuando no aceptamos la diferencia como cuando no aceptamos la igualdad. Decimos entonces que la pobreza es tanto un entramado de relaciones de privación de múltiples bienes materiales, simbólicos, espirituales y de trascendencia, imprescindibles para el desarrollo autónomo de su identidad esencial y existencial5; y una violación a los derechos humanos. Más que a necesidades, está ligada al derecho a satisfacerlas.

Políticas e intervenciones 

Las causas de la pobreza son estructurales, por lo que es el Estado el principal agente interventor, el que tiene la posibilidad de incidir en lo macro y quien debe impulsar políticas para disminuir la desigualdad y la pobreza. Esto no nos quita responsabilidades, al contrario, implica pagar impuestos y apoyar modelos y políticas que, reconociendo la igualdad y los derechos de las personas, incidan en el decrecimiento de la desigualdad y la pobreza, e incrementen la garantía de derechos. 

También son necesarias intervenciones micro que tengan en cuenta la importancia del trabajo, del empleo. Y no cualquier trabajo ni cualquier empleo, sino empleo de calidad, “en blanco”. Intervenciones que podemos realizar ya sea desde nuestra posición de empresarios, de trabajadores, a través de organizaciones, proyectos y para las que son necesarios “cambios culturales”, marcados fundamentalmente por poder tener en cuenta en cada decisión y acción, la centralidad e igualdad de la persona. En tal sentido, este reconocimiento sería constitutivo del concepto de fraternidad, de comunión. 

Para que las políticas e intervenciones tengan esta mirada son fundamentales acciones que permitan a los no pobres nuevas formas de comprender la pobreza, la desigualdad y su relación con ellas. Así como también políticas o proyectos en los que la persona que se suele llamar “destinatario” sea considerada parte, partícipe. Las personas que planifican las acciones suelen poseer determinados conocimientos económicos, técnicos, organizacionales y sociales. Las personas que viven la situación de pobreza saben desde su propia experiencia lo que es no tener trabajo, o tenerlo pero mal pago, ser explotadas, tener dificultades para acceder a la educación, a la salud, a los servicios, ser discriminadas. Y son necesarios ambos tipos de conocimiento para lograr propuestas que realmente aporten al cambio de situaciones, al mutuo reconocimiento, a la comunión. 

Un desafío para todos

La fraternidad entonces tiene sus raíces en la común identidad y en su reconocimiento; y paralelamente se fortalece y se reconstruye en el reconocimiento de las diferencias. La dramática desigualdad social, y que muchos vean amenazado su derecho a la vida y a una vida digna, se constituye como herida y desafío a esa fraternidad que nos hace responsables de los “otros”, a unos de otros. Y esto se constituye en un constante desafío para cada uno ·

 

* Belen Aenlle, la autora, es Magister en Políticas Sociales.

 

1. ÁLVAREZ LEGUIZAMÓN, S. “Los cambios operados en las concepciones de gestión de programas sociales a partir del financiamiento internacional. Panel: La evaluación y gestión de las políticas sociales en las últimas dos décadas: problemas y perspectivas”. VI Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública. Buenos Aires, 2001.

2.  GRASSI, E.  “La cuestión social y la cuestión de la pobreza”. Revista Voces en el Fenix, N° 22, marzo, 2013. pp. 10 – 34.

3.  BAYÓN, M. C. “Hacia una sociología de la pobreza: la relevancia de las dimensiones culturales”. Estudios Sociológicos XXXI, 2013. pp. 90.

4.  BAYÓN, M. C. Op. Cit. pp. 91

5.  VASILACHIS, I. (2003) Pobres, pobreza identidad y representaciones sociales. Barcelona: Gedisa. 

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