Por Leonardo Caravaggio

 

¿La plata hace a la felicidad? Esta no es una pregunta ajena a la economía. La economía no tendría ningún sentido si su fundamento no estuviera en la firme creencia en que la plata hace la felicidad. Los economistas se preocupan tanto por el PBI de un país, o los ingresos y el consumo de una persona, porque piensan que con más plata y más consumo la gente está mejor, es más feliz. Probablemente el lector ya haya advertido algún problema con esta conexión. Alguna relación entre la plata y la felicidad tiene que haber, pero evidentemente las cosas no son tan sencillas como para pensar que lo único que afecta nuestra felicidad es el dinero. ¿Por qué entonces los economistas, y muchas veces todos nosotros con ellos, cometemos este error? Hay una buena excusa: es mucho más fácil medir el ingreso, o el Producto Bruto Interno (PBI) que medir la felicidad. Porque en definitiva ¿Qué es la felicidad?

 

 

Esta discusión parece salida de una charla de café, y puede ser, aunque tal vez haya sido más bien una charla de té cuando en 1972 el rey de Bután (un pequeño reinado al sur de China), decidió que a partir de ese momento iban a medir la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Cuando le decían que a su país le iba muy mal porque tenía un PBI muy bajo, el respondía que no le importaba, porque su gente estaba muy bien, tenían lo que necesitaban y eran felices. Bután es un país de mayoría budista y muy practicante, si son felices en meditación y contacto con la naturaleza no parece absurdo el planteo. ¿Quiénes somos nosotros para exigirles que produzcan y consuman más? El índice fue llevado a la práctica inmediatamente y se mantiene hasta el día de hoy. Aunque fue variando con el tiempo, la idea es incluir un conjunto más amplio de indicadores respecto al bienestar de la gente. Incluso incorporando una pregunta subjetiva, esto es preguntándole directamente a la gente, por ejemplo: ¿Cuán feliz es Ud. en una escala del uno al diez?

 

Dos años después, en 1974, la discusión llegó a la academia. Un economista inglés de bastante renombre, Richard Easterlin, se hizo famoso al publicar un artículo en el que, recogiendo encuestas de varios países del mundo con sus respectivos índices de PBI, explica que no siempre es cierto que la plata haga la felicidad. Por supuesto, armó un gran revuelo. Comparando un país con otro, se advierte que no necesariamente el país más rico es el más feliz. A esto se lo conoce como “Paradoja de la Felicidad”. Y es un verdadero problema porque, ¿para qué nos preocupamos tanto por el PBI si resulta que no nos hace más felices? Otros tantos economistas salieron a desmentirlo, y la discusión continúa desde entonces, pero desde entonces la academia no puede mirar para el costado, por el contrario cada vez son más los que se dedican a investigar las causas y consecuencias de la felicidad.

 

El planteo ha avanzado mucho desde entonces, y de lo ingenua que parecía la idea, pronto se fue incorporando lentamente en la agenda social y política mundial. En la década del noventa de la mano del economista indio Amartya Sen, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo elaboró el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que está basado en tres parámetros básicos: salud, educación y riqueza. Si bien no incluye directamente una pregunta por felicidad, si es un avance en la conciencia de que solo con la plata no es suficiente. Con la llegada del nuevo milenio, varios países comenzaron a incorporar índices que intentan medir la felicidad en forma directa. Por ejemplo, desde 2009 en Estados Unidos, la empresa Gallup recoge datos a nivel nacional sobre distintas preguntas relacionadas con el bienestar, la felicidad entre ellas, en algunos casos en forma diaria. Naciones Unidas también comenzó a recoger información a nivel global y desde 2012 publica anuarios con la evolución de la felicidad y algunos resumes sobre las investigaciones realizadas. Varios países tienen oficinas que publican indicadores de bienestar, prestando atención en particular a la pregunta por felicidad. Entre ellos: La India, Inglaterra, Francia, Canadá, Filipinas, Corea del Sur, Singapur, los Emiratos Árabes Unidos, y otros. Es una manera que tiene el gobierno de rendirle cuentas al electorado: “Miren, no solo mejoró la economía sino que hay otros indicadores que también están mejorando, ustedes están más felices”, o lo que puede resultar un poco controversial: “Si bien es cierto que estamos en recesión, y aumentó el desempleo, en general la gente está más feliz”.

 

¿No es poco creíble, o poco “científico” eso de preguntarle a la gente? Bueno, ojalá hubiera alguna otra manera de medir felicidad pero por ahora la pregunta directa es la mejor que tenemos. Ya hay investigadores analizando datos de los impulsos eléctricos del cerebro, en una nueva rama que se hace llamar neuro-economía, pero todavía falta mucho para obtener datos fiables al respecto. Muchos estudios científicos utilizan preguntas subjetivas, y en general se considera que los datos obtenidos son relevantes. Las investigaciones sobre felicidad en particular muestran resultados coherentes y robustos. Todo esto lleva a pensar que la gente es honesta y consciente cuando contesta, y que los valores que proporciona son bastante parecidos a su verdadero nivel de felicidad.

 

Con estos nuevos datos se han podido llevar a cabo numerosas investigaciones. Por ejemplo, se comprobó que a nivel individual la plata hace a la felicidad. Mientras mayor ingreso tenemos más felices somos, lo que parece razonable. Sin embargo, este crecimiento de la felicidad tiene un límite. Llegado cierto punto de nuestro ingreso nos da lo mismo ganar más o no. A partir de ese nivel, un mayor ingreso podrá brindarnos un sentimiento de seguridad, un auto nuevo, o lo que sea, pero no mayor felicidad. Se calcula que ese límite, por persona, es hoy en día aproximadamente de unos U$S 800 al mes. También se observa que tener más amigos, o dedicarle más tiempo a estar con ellos es una de las cosas que más eleva nuestros índices de felicidad. Nuevamente esto es algo que suena evidente, y uno podría decir, “no necesitaba que la ciencia venga a decirme eso”, pero resulta interesante pensar que se puede llegar a una demostración científica de que realmente “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”. Las actividades de voluntariado también generan grandes fuentes de felicidad. Relacionado con esto, otros estudios muestran que aumentar la cantidad de horas que pasamos mirando televisión reduce nuestra felicidad. Esto es curioso: ¿Por qué hacemos cosas que no nos hacen felices? No se sabe. Podría haber una suerte de adicción, la “amistad” que nos da la televisión es más segura que la amistad real. La televisión no nos va a cambiar por otro, ni nos exige mucho a cambio de hablarnos todo el día. Sin embargo es una amistad falsa, no nos devuelve nada real, y por tanto no nos reporta felicidad.

 

Existen otras investigaciones que se ocupan de hechos puntuales en la vida de la gente. De acuerdo con ellas parece que casarse es una de las cosas que más felicidad reporta en la vida, mientras que separarse o enviudar son de las que más tristeza provocan. Ganarse la lotería genera una gran felicidad, pero solo durante un tiempo. Un par de años después, el ganador de la lotería tiene la misma felicidad que tenía antes de ganarla, o la de cualquiera de nosotros. No tanto porque ya se haya gastado toda la plata, sino más bien porque se acostumbró a su nueva situación. Algo parecido sucede con los accidentes o las enfermedades. Quedarse paralítico reporta una disminución de la felicidad muy pronunciada, sin embargo un tiempo después, las personas en sillas de ruedas pueden ser tan felices como cualquier otro.

 

Con estos datos también habría que reevaluar lo que uno considera como países más avanzados. Por ejemplo, no es raro encontrar entre los primeros puestos de los rankings de “Felicidad Mundial” a países de Centroamérica, como por ejemplo Costa Rica, o Panamá. Claramente no son tan ricos, pero es posible que el buen clima, la cultura y las costumbres valgan más la pena que la tecnología, las joyas y el despilfarro. Sin embargo es importante aclarar que las condiciones básicas si son importantes: no estamos hablando de que la plata no importe. De hecho, entre los últimos lugares usualmente se encuentran los países africanos más pobres, por ejemplo: Zambia, Zimbabue, o Ruanda. Lo que esto quiere decir es que con la plata no alcanza. Estados Unidos suele estar entre los últimos, y a otras potencias como Japón, Francia, o Reino Unido les suele ir un poco mejor, pero no tanto: mitad de tabla. Argentina está teniendo un desempeño bastante bueno en lo que refiere a felicidad, se suele encontrar mejor que si solo se mirara el PBI, en general aparece entre las primeras veinte posiciones.

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